Texto 4A2-IV
Veintidós años después volví a ver a Margarito Duarte.
Apareció de pronto en una de las callecitas secretas del
Trastévere, y me costó trabajo reconocerlo a primera vista por su
castellano difícil y su buen talante de romano antiguo. Tenía el
cabello blanco y escaso, y no le quedaban rastros de la conducta
lúgubre y las ropas funerarias de letrado andino con que había
venido a Roma por primera vez, pero en el curso de la
conversación fui rescatándolo poco a poco de las perfidias de sus
años y volvía a verlo como era: sigiloso, imprevisible, y de una
tenacidad de picapedrero. Antes de la segunda taza de café en
uno de nuestros bares de otros tiempos, me atreví a hacerle la
pregunta que me carcomía por dentro.
— ¿Qué pasó con la santa?
— Ahí está la santa me contestó. Esperando.
Sólo el tenor Rafael Ribero Silva y yo podíamos entender
la tremenda carga humana de su respuesta. Conocíamos tanto su
drama, que durante años pensé que Margarito Duarte era el
personaje en busca de autor que los novelistas esperamos durante
toda una vida, y si nunca dejé que me encontrara fue porque el
final de su historia me parecía inimaginable.
Gabriel Garcia Marquez. La Santa. In: Doce cuentos peregrinos.
Bogotá: Editorial La Oveja Negra, 1992, p. 57