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El analfabetismo es más que el desconocimiento absoluto de los códigos de lectura y escritura (analfabetismo total). Tiene que ver, también, con la comprensión de mensajes escritos. Leer es una actividad global que no termina en la descodificación de determinados signos y se amplía si tenemos en cuenta el criterio de comprensión lectora. Pero, ¿qué tipo de textos se van a utilizar para definir la eficacia lectora de una persona? Básicamente el analfabetismo lo podemos definir con relación a escritos culturales, políticos y económicos o de la vida cotidiana. En el primer caso el analfabetismo, definido como cultural, reflejaría una situación de clara marginación y desigualdad respecto a un canon cultural y social establecido. Esta situación es difícil de solucionar a corto plazo puesto que el objetivo que se persigue es bastante complejo y no tiene por qué responder a las necesidades cercanas de los sujetos. Al analizar una situación más próxima al estudiante podemos pensar en documentos de la vida cotidiana y estamos hablando en una alfabetización funcional, tal vez menos culta. Son los textos administrativos, publicitarios, burocráticos, médicos, de consumo…, de la llamada literatura gris, frecuentes en la vida de cualquier adulto. La actitud con la que uno se enfrenta a ellos es eminentemente práctica, se buscan informaciones claras y concretas que aplicar inmediatamente: nombres de calles o plazas, lugares de ocio, compra, trabajo…, estaciones de metro, itinerarios de transportes, bandos e informaciones municipales, impresos administrativos…
En el trecho “bandos e informaciones municipales” (l. 25 y 26), el uso de “e” como conjunción permite evitar la cacofonía.