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Encontré a Victorina en el patio de su casa, un solar frente a una plaza rodeada de pinos indiferentes al otoño. Al verme, dibujó una sonrisa y vino hacia mí, parecía caminar con los pies de un viajero retirado. Tiene 91 años que pesan sobre su espalda como un saco de piedras. En su cara, sin embargo hay sombras de juventud y una mirada de seda que puede cortarse con un dedo. “Vamos dentro”, me dijo, sosteniéndose con delicadeza en mi brazo. “Eugenio y yo fuimos amigos en la infancia”, recuerda Victorina, “su padre era sastre y su madre, Nicolasa, una pastora de ovejas que vivía en Robledillo. Formamos un grupo de teatro. Había una escuela rural, pero mucha gente en Buitrago no podía estudiar porque estaba ocupada en el campo. Eugenio tenía su propia biblioteca en la peluquería y enseñaba a los chicos a leer y a escribir”.
La oración “que pesan sobre su espalda como un saco de piedras” (l. 4 y 5) es subordinada.