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¿Qué te trae por acá, José? -dijo el hombre. –Verás. –José llevaba un cigarrillo apagado en la comisura de los labios y lo encendió con el mechero–. Este señó buscaba a tu cuñado y he pensado que a lo mejor tú podías darle razón. –No sé dónde está –repuso el hombre. Sus ojillos taimados me recorrían de cabeza a pies–. ¿Deseaba alguna cosa de él? Referí mi conversación con la chica del bar y su mirada se suavizó un tanto. –¿Se llama usté Álvaro por casualidad? –Sí. –¡Vaya!... Pues, no me los ha mencionado a usté ni sus amigos… Esta misma mañana, antes de irse… –El hombre bajó bruscamente la voz–. Les voy a decir en confianza algo que no debe salir de entre nosotros, ¿entendío? –José aprobó con un movimiento de cabeza–. Mi cuñado se ha largado a Francia a buscar trabajo, sin pasaporte ni papeles… –¿Cuándo? –Hace unas horas. Se sacó un billete pá Figueras y, de allí, quién pasá a campo traviesa. –Es absurdo. Si me lo hubiera dicho a tiempo habría podido solucionárselo legalmente. Tengo amigos acá y en París que… –Mi cuñado lo anduvo buscando a usté durante semanas… Hasta fue al Palacio de Justicia a preguntar por usté. Como no tenía sus señas… –¿No hay forma de poderlo alcanzar? –¡Échele usté un galgo!... A estas horas Dios sabe dónde estará. –¿No te ha dejado ninguna dirección? –Ninguna, no señor… Seguro se le olvidó, pero el que va con él anda conchabao con un guía que ya pasó a uno del pueblo pá Francia. Si todo va bien prometió mandarme unas líneas.
De acuerdo con el texto, José buscaba a su cuñado.