///
A mucha gente le gusta ver en los cuadros lo que también le gustaría ver en la realidad. Se trata de una preferencia perfectamente comprensible. A todos nos atrae lo bello en la naturaleza y agradecemos a los artistas que lo recojan en sus obras. Esos artistas no nos censurarían por nuestros gustos. Cuando el gran artista flamenco Rubens, uno de los exponentes del arte barroco hispano, dibujó a su hijo, estaba orgulloso de sus agradables facciones y deseaba que también nosotros admiráramos al pequeño, pero esta inclinación a los temas bonitos y atractivos puede convertirse en nociva si nos conduce a rechazar obras que representan asuntos menos agradables. El gran pintor renacentista alemán Alberto Durero seguramente dibujó a su madre con tanta devoción y cariño como Rubens a su hijo. Su verista estudio de la vejez y la decrepitud puede producirnos tan viva impresión que nos haga apartar los ojos de él y, sin embargo, si reaccionamos contra esta primera aversión, quedaremos recompensados con creces, pues el dibujo de Alberto Durero, en su tremenda sinceridad, es una gran obra. En efecto, descubrimos que la hermosura de un cuadro no reside realmente en la belleza de su tema. No sé si los golfillos que el pintor del barroco español Murillo se complacía en pintar eran estrictamente bellos o no, pero tal como fueron pintados por él, poseen desde luego gran encanto.
Ernst Hans Gombrich. La historia del arte. 16.ª ed. Londres: Phaidon Press Limited, 2008 (con adaptaciones).
El autor pretende, con el texto, hacer la defensa de que los temas de las obras de arte deben ser tan bellos cuanto los hermosos cuadros pintados, como ocurre en las obras de los artistas representantes del estilo barroco español.