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¿Qué leen los jóvenes?
“Lee y conducirás, no leas y serás conducido”, y esta preocupación que se desprende de las palabras de Santa Teresa a mediados del siglo XVI es la misma que persigue a muchos padres y madres en la actualidad cuando comprueban el escaso tiempo que sus hijos dedican a la lectura: del ordenador a la PlayStation y de ésta al televisor o al móvil, parece que lo audiovisual hubiera sustituido la literatura juvenil de antaño; esa tan útil para interpretar el mundo, saber de las cosas de la vida y, sobre todo, soñar.
El uso eminentemente cultural de internet, que constituye la nueva versión de la lectura juvenil, adopta una diversidad de formas y fuentes, siendo menos susceptible de control familiar. Sin embargo no se puede decir que la internet está retrotrayendo los hábitos de lectura, sino más bien que los está cambiando, cumpliendo algunas funciones que en otro tiempo desempeñaba la literatura. No es lo mismo una información sobre sexualidad, dietética o filosofía en un blog anónimo, que en una publicación especializada de una universidad.
Claro que, como ocurría en el mito de la caverna de Platón, mirar la luz ignorando las cadenas (que bien podrían tener hoy la forma de videojuegos o pornografía) puede producir una especie de iluminación cegadora que avergüenza ante los iguales. Pero el problema de la internet puede encontrarnos en una época en la que es posible hablar, leer, visualizar de todo, excepto aquello que supone ir más allá, transcender. Y es precisamente ese respeto por la obra humana y el conocimiento el que consigue que la juventud mantenga el criterio. Que el modo de conseguir navegar en internet, leer revistas juveniles o entrar en la aventura literaria sea un ejercicio seguro y de aprendizaje muy divertido.
En el primer párrafo, la literatura juvenil de antaño