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Grillos lectores y grillos escritores
Siguiendo uno de los temas de Liudmila Petrushévskaia el de la oralidad presuntamente llevada a la página escrita, se me ocurre que hay una incompatibilidad ineludible entre una literatura y la otra, o entre una forma de decir (contar) y la otra. Tiene que ver con la escucha. El libro es el discurso autoritario de alguien que quiere hacerse oír, y para ello es preciso que los demás callen, que el lector calle. El lector puede fantasear o imaginar cuanto quiera, pero desde el silencio. Ya sea por autoridad o por simple procedimiento aunque nada es ingenuo hay una jerarquía entre el que diserta a base de tipos homogéneos y el que escucha. El resultado paradójico, si se quiere es que todo el mundo quiere ser el que se pone a largar y nadie se conforma con quedarse a escuchar. Al final, los textos no se leen, porque todo el mundo está hablando a la vez (el que escribe y el que lee). Una jaula de grillos. Creo que ése puede ser uno de los futuros de la galaxia internetera.
En la oralidad, las palabras son preciosas y la escucha es modélica, por cuanto nadie tiene aquellas o las tiene sólo en ciertos momentos. Me refiero, por supuesto, a una cultura más preliterata que literata, no libresca, y no al simple hecho de que la gente se eche a hablar. Aquí, en la montaña, se dan casos. El otro día me introduje en un corrillo aldeano en el que había un joven algo extravagante, objeto del afecto de todos, pero también de cierto reproche colectivo.
Bajando de Igüedri, topé en el último tramo con una excursión de niños con monitores. Los chavales, aburridos como ostras (si quiere matarse la vocación senderista no hay nada como iniciar a los individuos durante la infancia), iban contándose historias dispares, como si les saltaran por la boca, dispuestos como fuera a matar el tedio de ver un monte y luego otro monte.
“el que se pone a largar” (R.12-13) por o que briga.