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Desmontemos simplezas: España será como sea, pero en todo el país no duerme la siesta ni el 15 por ciento de sus ciudadanos. Un amable –a pesar de todo– artículo de The New York Times reduce las características básicas de nuestro país a un pintoresco lugar en el que se cena a las diez de la noche y en el que se duerme por la tarde una corta cabezada en el brazo de un sofá. No es para tanto. Entre semana duermen la siesta los jubilados, que para eso se lo han ganado, pero muy pocos asalariados. Otra cosa puede ser el fin de semana, tiempo en el que echar un sueño no debería penarse con la desconsideración con la que lo hace el titular del New York Times: acabar de comer un sábado y dejarse caer en cualquiera de las versiones de la siesta viene siendo una sana costumbre de la que no es propietaria España, sino que se pone en práctica en muchos lugares, haga en ellos calor o no. La siesta es una leyenda, una antigüedad del tiempo aquel en el que todo era lento y un pelín rural. Dormir la siesta de pijama y orinal no está al alcance de una cajera de supermercado, de una abogada laboralista o de un ejecutivo de Bolsa. Dejémonos de daguerrotipos envejecidos. Caso distinto es el horario vital de los españoles, necesitado de un repaso. Cada día empezamos a trabajar a hora más temprana, tendemos a hacer turnos completos con breve parada para un tentempié –pues nadie aguanta tantas horas con la tripa vacía– y salimos a media tarde. Es el momento de conciliar vidas familiares, cenar temprano y no acostarse a las tantas. Es lo que hacen por ahí y no les va mal. Sin embargo, clima y costumbres hacen que apuremos los días hasta el último suspiro: es cierta la parte del reportaje que afirma que cenamos a las diez, cosa que para un norteamericano resulta una barbaridad. Si cenamos a las diez y vemos la televisión hasta las doce dormimos pocas horas, ya que son muchos los que deben despertarse en torno a las seis de la mañana y desplazarse largamente para llegar a su trabajo, lógicamente en grandes ciudades. Pero para cenar antes también hay que comer antes, no a las tres. Nadie, o muy pocos, comen a las doce y media. Si uno se zampa un cordero pasadas las dos y media no suele tener hambre a las ocho de la tarde, que es la hora que te permite hacer la digestión tras la cena, charlar con los tuyos, acostarte plácidamente a las once y dormir siete u ocho horas. Nos gusta estirar el día, y la temperatura de buena parte del año nos invita a hacerlo. Corregirlo no es sencillo.
El demostrativo “ahí” (línea 28) es un monosílabo.