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Lea el texto que sigue: Desastres naturales
Después de pensarlo mucho, no les quedó más remedio que llevarla a santiguar. No es
demasiado tarde para curarla si es que tiene algo malo, ¿no?, decía la madre de la niña,
parada sola frente a la heladera, mirando el dibujo sostenido por un imán. En el papel
arrugado, un animal de cuatro patas volaba en el aire sobre una mesa servida. El resto no
llegaba a distinguirse, podrían ser personas con rulos o árboles. Nadie se había detenido en
los detalles, en ese rejunte de garabatos que había desencadenado el accidente. Así le
decían, el accidente, aunque creían, en lo hondo, que no había forma de que aquello fuese
una casualidad. Estaba claro que los zorrillos muertos no caían del cielo todos los días,
menos que menos a la hora del almuerzo, menos aún después de que una niña dibujara una
escena similar y la colgara en la heladera. Algo tenía que estar mal.
– Andá a buscar a tu hija. Que muestre lo que dibujó, a ver si entendemos este circo. ¡Lo
que faltaba, lo que faltaba! – había dicho el padre la tarde del accidente, antes de que los
vecinos le recomendaran llevarla a la curandera. La niña lo miraba por la rendija de la
puerta del cuarto y veía cómo la mano gigantesca de su padre apretaba el dibujo y lo
sacudía en el aire.
(SILVA BERNASCHINA, Tamara. Desastres naturales. Montevideo: Estuario editora, 2023, pp. 65-66)
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